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Derecho y Justicia Social

Cómo terminará el apartheid chileno

Por Jaime Bassa (Universidad de Valparaíso)

La economía sureña, previo a la guerra de secesión en Estados Unidos, se basaba en el trabajo no remunerado de esclavos negros que, por más de doscientos años, sostuvieron sobre sus hombros las riquezas de la minoría blanca y burguesa. La economía sudafricana hizo lo propio con la mayoría negra, segregada por el aparato estatal administrado por una minoría blanca y opulenta. Pero la ilegitimidad de esos sistemas precipitó sus caídas; más tarde que temprano, es verdad, pero finalmente cayeron. Unas, derramando bajo la espada una gota de sangre por cada una que cayó bajo el látigo; otras, empujando movimientos pacíficos de denuncia, desobediencia y rebeldía ante la opresión y la injusticia. A la larga, con diferencias más o menos marcadas en la justicia material que lograron conseguir los respectivos movimientos sociales, los sistemas fueron radicalmente transformados y liberaron, tanto formal como efectivamente, millones de personas oprimidas por las minorías privilegiadas por el sistema.
Chile hoy vive bajo un sistema opresor. Mientras su economía, una de las más prósperas de América latina, muestra orgullosa sus cifras macroeconómicas y es presentada como modelo a seguir por diversas naciones (tanto aquellas denominadas ‘emergentes’ como las que enfrentan la actual crisis del sistema capitalista), millones de personas viven, día a día, sosteniendo sobre sus espaldas la pesada carga de un sistema diseñado para el privilegio de unos pocos. Un sistema estructurado sobre la lógica del apartheid, que junto con segregar a la amplia mayoría de trabajadores asalariados, protege los privilegios de la mayoría adinerada y les asegura la transmisión de los mismos a sus hijos… pero sólo a sus hijos. Salud, educación (escolar y universitaria), transporte público, seguridad social, hasta el propio diseño de nuestras ciudades y el sistema impositivo fuertemente regresivo, son una garantía para la perpetuación del sistema económico y su correlato en la misma estructura social. Forman parte de este mismo sistema de opresión la legislación laboral, el debilitamiento sistemático del sindicalismo y las propias inhabilidades e incompatibilidades impuestas al ejercicio de la política.
Los miserables salarios contrastan con las obscenas utilidades de la banca y del sistema privado de salud, educación y seguridad social. La oferta de bienestar material al alcance de todos contrasta radicalmente con el sobreendeudamiento y la pobreza cultural de la población. Mientras un puñado de familias chilenas aparecen en el ranking de las mayores fortunas del mundo, catorce millones de personas viven con un promedio de $300.000 mensuales.
Este nivel de injusticia social, que ha mellado sistemáticamente la legitimidad de toda la institucionalidad diseñada desde 1973 e impuesta por la Constitución vigente, amenaza con una inestabilidad creciente que afectará a todo el orden social vigente, tanto a la minoría privilegiada como a la mayoría oprimida. Tarde o temprano este sistema terminará por sucumbir. Su ilegitimidad, manifestada día a día en el sudor de millones de trabajadores mal remunerados, forzará su reemplazo por uno nuevo, eventualmente más justo, que satisfaga las necesidades de quienes empujarán por los cambios que vienen.
Los cambios sociales son inevitables y la política ciudadana los viene empujando hace algún tiempo. Considerando los antecedentes históricos, parece que la pregunta del millón no es si estos cambios se verificarán, sino cómo: se derramará sangre en el tránsito o la minoría privilegiada se percatará oportunamente de cuán insoportable se ha tornado su represión y cederá ante los escenarios políticos de reivindicación ciudadana.
Lamentablemente, los antecedentes históricos no son alentadores: cada vez que la derecha conservadora, aquella más comprometida con los intereses de los privilegiados, reaccionó ante las demandas sociales por cambios en la estructura socioeconómica, lo hizo en forma violenta y militarizada. Golpes de Estado, guerras civiles, matanzas obreras, asesinatos selectivos y un largo etcétera nos muestran un pasado sangriento desde el cual el futuro no se ve muy alentador.

Comentarios

5 comentarios en “Cómo terminará el apartheid chileno

  1. Comparto la preocupación pero tengo un solo comentario quizás un poco pesimista: los sistemas de explotación suelen ser demasiado resilientes como para creer que ciertos cambios legales (como la prohibición de la esclavitud) implicaron verdaderos cambios sociales. En Estados Unidos el régimen de esclavitud fue reemplazado por leyes de servidumbre forzada y otras regulaciones, como las denominadas Jim Crow laws, que hacen que aun hoy sobreviva una segregación racial demasiado dramática en Estados Unidos, mantenida hoy fundamentalmente a través del derecho penal.

    Mi punto es que creo que más que cambios sociales, estos son pequeños progresos. Pero la explotación es oportunista e inventará nuevas maneras de expresión. Creo que más (o quizás además!) que esperar por un cambio radical o una revoluación debemos asumir que debe haber una resistencia permanente, que sobreviva luego de los que parecen cambios revolucionarios, y que invente mecanismos de diagnóstico y reacción igualmente oportunistas. Algo así como una pelea en los resquicios..

    Publicado por rociolorca | 18 de marzo de 2013, 1:31 PM
  2. Yo comparto la perspectiva de Jaime, sin embargo tiendo a ser más pesimista, y en eso coincido bastante con Rocío. Las estructuras de dominación tienen una capacidad adaptativa y transformativa sorprendente. Incluso si tenemos educación pública y de calidad, seguirán habiendo otras formas de exclusión y jerarquía injustas. En el fondo, la crítica a la Constitución y las leyes de Pinochet es una crítica al sistema de producción capitalista, y en algún punto los cambios que –ojalá– se logren en el corto plazo deben ser vistos como parte de un proyecto histórico que, como dice Pérez Soto, es simplemente el preludio a la auténtica historia humana.

    Publicado por fernandomunozl | 18 de marzo de 2013, 2:14 PM
  3. es divertido leer tan articuladas criticas al sistema, como si se tratara de algo ajeno a nosotros mismos. El tema es antiguo, tal como se ha señalado, pero nosotros contribuimos dia a dia a mantenerlo, y una absurda via de escape al mismo, lo criticamos y denunciamos. Donde estan las soluciones?, donde esta el reemplazo? cómo lo mejoramos? existe una alternativa viable? ese es tema. Otra cosa, el siquiera seguir enunciando el año 1973 como causante de esta “desgracia”, a la luz de 20 años de gobierno del “otro lado”…me parece francamente absurdo.

    Publicado por Johnny | 18 de marzo de 2013, 8:09 PM
  4. Es verdad lo que dice Rocío, a lo que yo agregaría lo que nos enseñan las experiencias históricas de revoluciones post burguesas de “caracter progresista” (Rusa, China, Cuba, Cambodia) o las de corte fasista, y es que estas han eliminado las clases dominantes para remplazarlas por otra clase dominante igual o peor que la anterior en términos de inequidad, represión, terror etc. No veo quien puede ofrecer un cambio radical. A esto se suma la desconfianza que muchos tenemos de los lideres políticos de cualquier color, desconfianza basada en promesas incumplidas y asimilación de los lideres políticos a estilos de vida burgueses. Eso hace muy difícil movilizar a la población en pos de un cambio radical.
    Yo pienso que lo que queda por hacer es aprovechar la capacidad de las sociedades burguesas para adaptarse y, al interior de ellas, tratar de mejorar la situación de los más desfavorecidos…. de todos. Hasta ahora ha sido la manera más afectiva de hacer cambios de alguna significación, sin haber llegado a cambios realmente radicales.

    Publicado por guillermolabarca | 19 de marzo de 2013, 7:24 AM
  5. Mmm no entiendo por qué dicen que son más pesimistas que Jaime. No sé qué hay más pesimista que presentar como las únicas alternativas el derramamiento de sangre y la concesiones de la clase dominante. Si hay resquicios en los que moverse, eso me parece más optimista. Y no creo que implique solo un progresismo tibión sino que puede ser parte del preludio a los cambios revolucionarios.

    Publicado por Ernesto Riffo | 19 de marzo de 2013, 4:13 PM

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